Hay quienes afirman que Venecia no es más que una atracción turística que flota artificialmente sobre el Adríatico, pero ¿cómo íbamos a reducir meramente a eso dicho sueño suspendido entre el cielo y el agua? Sus canales, lejos de ser sólo vías de transporte, son las venas por las que fluye la esencia de la ciudad; son un espejo en cuyo reflejo se puede observar la grandeza de un pasado disuelto en el tiempo, en un tiempo que sin prisa, avanza con la sutileza de las silenciosas góndolas. Venecia es un escenario impregnado de aroma a salitre; pero al mismo tiempo es el arte que surgió sobre él: las pinturas de Tiziano, la arquitectura de Domenico I, la literatura de Petrarca… Es un libro de historia en sí mismo, una infinidad de páginas amarillentas que aún no fueron encuadernadas, pues el agua todavía no ha conseguido cubrir con su abundancia las últimas palabras de su relato. Mientras la plaza de San Marcos siga en pie, robando sin piedad las miradas al atardecer, Venecia jamás perderá ese brillo que refulge melancólico en aquella costa italiana.
Venecia