La rentabilidad de los vínculos sociales
“Me renta”. Generalmente, al escuchar tal afirmación, tendemos a pensar que aquel que la dice apela a alguna actividad que requiere una transacción económica. Te puede rentar comprarte un coche según ciertas características, o un apartamento, o incluso algo más insignificante como una agenda o unos rotuladores. Tras cada compra, realizamos inconscientemente una proyección del provecho que más tarde le sacaremos a lo adquirido. Intentamos que, entre el gasto –económico– y el ingreso –ya sea monetario, emocional o utilitario–, exista la mayor diferencia posible. Maximización de beneficios.
Sin embargo, no hace mucho hablaba con una amiga a la que no veo muy frecuentemente, y le preguntaba si quería que nos viéramos esa misma tarde. “Uff, estaría bien ponernos al día, pero no me renta, tengo muchas cosas que hacer”, respondió. ¿Significaba entonces que la dicha de verme no era lo suficientemente elevada como para que mereciera la pena invertir en mí ese tiempo? ¿Que había subido el valor de las horas de las que ella disponía aquella tarde en tanto que estaba más ocupada de lo normal? ¿Acaso pretendía vender su tiempo al mejor postor y yo no había pujado lo suficientemente alto? Quizá tan solo se refería a que, si priorizaba el ocio conmigo, no saldría tan beneficiada a largo plazo como lo haría si invirtiera ese tiempo en algún recado que debiera hacer o, sencillamente, en un ocio que le aportara mayor felicidad en ese momento. Y es que, cuando el sistema capitalista está enraizado en nuestra cabeza desde que prácticamente salimos al mundo, cuando nuestro tiempo se reduce a una moneda de cambio, a un objeto de compra-venta, es difícil no seguir la lógica mercantil a la hora de relacionarnos con las personas. Pero a veces nos olvidamos de que, en efecto, somos personas. ¿En qué momento, entonces, nos concebimos entre nosotras como sujetos que se hallan al mismo nivel que la mera mercancía?
No solo nos construimos como individuos en un sistema específico —concretamente en el capitalismo, como en la mayor parte de occidente— sino que dicho sistema es la materia con la que nos construimos. La lógica del mercado nos compone y, por tanto, no solo se encuentra omniscientemente en la forma que tenemos de relacionarnos, sino también en la manera en la que edificamos nuestro pensamiento, que a su vez se traduce en el lenguaje. Si uno se da cuenta, anteriormente he empleado la palabra “invertir” para referirme al tiempo. E. P. Thompson, en su artículo Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism (1967), afirma que “el tiempo es ahora una divisa: no se pasa, sino que se gasta”. Pero el tiempo no se “usaría” como tal si no consideráramos que, a su vez, lo estamos comprando. No es nada nuevo afirmar que los miembros de clase trabajadora no ganan el beneficio real de lo que producen sino lo que determinado propietario decide que vale el tiempo que le dedican a la faena. Karl Marx ya lo exponía en El Capital: “La venta de la fuerza de trabajo siempre se verifica (…) por espacios de tiempo determinados. La forma transmutada en que se representa directamente el valor diario (…) de la fuerza de trabajo, es por ende la del «salario por tiempo»”.
Si bien biológicamente poseemos todo el tiempo que cabe en una vida —y he aquí otro ejemplo de lenguaje de mercado, puesto que con el verbo “poseer” o “tener” el tiempo pasa a ser un bien de consumo— el uso que podemos hacer de él o la forma en la que lo cuantificamos está determinado por el punto cronológico y geopolítico que nos ha tocado habitar. Por tanto, sabemos que hoy nuestro tiempo tiene un precio, y por ello a nadie le resulta llamativo que tratemos de optimizarlo.
“Ponerse al día” es una expresión cada vez más popular. Últimamente, nuestras relaciones sociales podrían formar parte de una check list en las que se han de seguir ciertas pautas para que consideremos la interacción como fructífera. En lugar de vivir el presente con otros, reducimos el vínculo a momentos concretos en los que repasamos, punto a punto, nuestro pasado. “¿Qué has estado haciendo estas semanas? ¿Qué películas has visto? ¿Con qué gente te has reunido? ¿Qué ha cambiado en tu vida?”. Lo cuantificamos todo, lo numerificamos todo. Las horas, los minutos, las tareas que hemos realizado, las personas a las que hemos besado, los libros que hemos leído… Y nunca pueden ser demasiados —¡qué despilfarre!— ni excesivamente poco —¡aburrida!—. Nos pasamos la vida buscando reducir, maximizar, perfeccionar… ser útiles justo en la medida correcta. Que todo tenga un fin y que el medio sea el consumo. Porque cuando las obligaciones derivadas del sistema en el que vivimos acaparan tantas unidades de tiempo de nuestros días —transporte público, recados, compras “necesarias”….— es normal querer abarcar la mayor cantidad de información posible respecto a otros, en el menor tiempo. Juanjo Villalba lo resume a la perfección: “En la era de la hiperproductividad, las amistades adultas son cada vez más proyectos que se programan y se mantienen a base de actualizaciones periódicas”. El afán desmedido por la funcionalidad lleva años calando de forma irreparable en las personas.
A eso, habría que sumarle la convicción de que siempre se ha de consumir para tener derecho a estar con alguien fuera de casa. De alguna manera, se nos ha hecho creer que los únicos espacios de encuentro son lugares en los que inevitablemente se debe gastar dinero para poder “gastar” tiempo. Una cafetería, un restaurante, un centro comercial… Incluso si tan solo nos sentamos en un banco a charlar, nos acompañará una camuflada sensación de incomodidad a no ser que, mientras hablamos, estemos comiendo pipas, patatas fritas o fumando un cigarro, si es el caso. El eje central es el consumo. Lo ofrecemos a otros con nuestro trabajo y lo compramos posteriormente con lo que hemos ganado imponiéndolo. Por tanto, entiendo que a mi amiga “no le rente” verme si ello implica gastar. ¿Cuántas veces habré pensado que los 15 euros que me cuesta comer con alguien no es sino el precio de la conversación que he tenido con esa persona durante la comida?
Como señala Simmel, “el dinero es la forma de valor más abstracta e impersonal”, lo que permite que incluso aquello que parecía irreductible —como el tiempo compartido o el afecto— pueda ser traducido a términos de equivalencia. No obstante, esta concepción no es compartida globalmente. En su ensayo The Original Affluent Society (1972), Marshal Sahlins sostenía que las sociedades cazadoras-recolectoras — como los ǃKung San, entre otros— no eran pobres sino prósperas porque satisfacían sus necesidades con pocas horas de trabajo. Al limitar el trabajo al autoabastecimiento, no existe una presión constante por maximizar la productividad ni por acumular excedentes. En lugar de trabajar más para tener más, deseaban menos y, por tanto, necesitaban menos tiempo para sostener su vida y podían emplear el resto en un ocio sin culpabilidad. Allí donde el tiempo no se mide, tampoco puede perderse; y si no se pierde, es que no se tiene. Lo que no se posee, por ende, no necesita ser rentabilizado.
Quizá no es que “no rente” ver a alguien. Tal vez solo hemos aprendido a preguntarnos cuánto cuesta aquello que, en otro tiempo o lugar, sencillamente sucede.
Bibliografía
Thompson, E. P. (1967). Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism. Past & Present, No. 38, pp. 56–97.
Marx, Karl. El Capital: Volumen I (1867), Capítulo 8.
Villalba, J. (2025, 28 noviembre). La cultura de quedar para ponerse al día con amigos: por qué ya no compartimos la vida, nos la resumimos. elDiario.es. https://www.eldiario.es/era/cultura-quedar-ponerse-dia-amigos-no-compartimos-vida-resumimos_1_12791667.html
Simmel, Georg. The Philosophy of Money. Routledge, 1900.
Sahlins, Marshall (1972). Stone Age Economics. Aldine-Atherton. (Capítulo: The Original Affluent Society)