Desde que el primer hombre vio su sombra sobre la tierra, el humano se ha visto sumido en la insaciable búsqueda de la justicia. Nacemos como bestias primigenias, instintos desnudos que se aferran a la vida sin más brújula que la supervivencia. Somos, desde ese instante, una tabla en blanco que el tiempo y la experiencia van llenando con lo vivido, diría Locke. Sin embargo, existen ciertas constantes inalterables entre las que, por algún motivo, se halla el afán desmesurado por hacer justicia.

La justicia, sin embargo, no posee unos cimientos fijos, sino que se trata de un espejo que se deforma en función de qué ojos lo miren. El concepto se percibe arraigado a la cultura y a los valores de cada quien, siendo estos generalmente distintos a los del prójimo. Aun así, el hombre se obstina en creer que hay un designio moral, una especie de sexto sentido que nos murmura en el oído y nos dicta quién merece qué.

El problema surge cuando esos susurros se contradicen. Un acto que en un rincón del mundo es virtud, en otro es crimen. Si uno se detiene en las calles de Kabul, verá cómo la tela mal dispuesta de un hijab puede condenar a una mujer a tormentos indecibles. Allí y en ese tipo de sociedades teocráticas la justicia es un látigo sostenido por la fe. Pero en otras latitudes, ese mismo castigo es visto como una aberración contra aquello que Kant llamaría ley universal: obrar de tal modo que nuestros actos puedan ser norma para todos. De este principio han brotado los derechos esenciales, los que Locke imaginó como fruto de la razón pura. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la razón es desplazada por el dogma? Volviendo a Afganistán, si Dios se antepone al raciocinio, posicionándose por encima de esos principios inmarcesibles, está poniendo en peligro al ser humano. Ahí entra en juego la justicia, casi divina, que silencia las conciencias de quienes la imparten puesto que está respaldada por una entidad superior.

Dicen que la justicia es ciega, pero más ciego tiende a ser quien la ejecuta. Rara vez nos atrevemos a impartirla por nuestra propia mano; solemos delegarla en fuerzas mayores, en jueces, en dioses, en abstracciones que nos eximen de la carga de decidir. Quizá es que nadie está del todo seguro de hacia qué lado se inclina la balanza y requiere de un apoyo ajeno. En Kabul, el verdugo no siente culpa, porque su castigo está dictado por el cielo. En España, el juez no impone su voluntad, sino la de un estado moldeado por su pueblo. Pero, ¿qué pasa cuando la injusticia nos atraviesa de cerca? ¿Qué ocurre cuando la venganza se disfraza de equidad y la decisión pesa en nuestras propias manos? Todos creemos que un asesino merece la muerte, pero igual te tiembla el pulso antes de apretar el gatillo cuando la bala que has de disparar lleva el nombre de tu hijo.

Sócrates bebió la cicuta, no porque creyera justa su condena, sino porque sabía que la justicia, aun en su imperfección, es el único orden que nos separa del caos.

Y sin embargo, por más códigos que escribamos, cada uno se rige al final por su propio sentido común para sobrevivir. Y es éste tan ambiguo, que afirmar que existe la idea platónica y perfecta de justicia es un sinsentido.