El olor a petricor caracteriza a los cementerios; al igual que el silencio, y la nostalgia, y la vejez… Las lápidas de aquel en concreto, cubiertas de musgo y hojarasca, exhibían nombres ya erosionados por el tiempo, cuyo único objetivo siempre fue alejar silenciosamente a las almas del mundanal recuerdo de quienes aún vivían.
Como siempre en la zona, las nubes manchaban de gris el cielo que cubría a los difuntos, quienes se hallaban sumidos en la más absoluta soledad. Sin embargo, un día, el sepulcral silencio fue roto por el repiqueteo de unos tacones sobre los adoquines que mantenían a las tumbas separadas por calles.
No tendría más de cincuenta años la mujer que, elegantemente vestida, caminaba con determinación a través de la bruma matutina. Su rostro, atravesado por alguna que otra arruga incipiente, reflejaba serenidad y melancolía, pero tras su seria faceta escondía un gran corazón. Lo más destacable de su presencia no era su traje ni su cabello repeinado, sino el gran ramo de crisantemos que llevaba entre los brazos, pues solían ser las flores favoritas de su marido… y curiosamente también las de la muerte. Se acercó al nicho en el que yacía quien una vez fue su compañero de vida, y observó cómo aquel muro era el más reciente y cuidado. Aún no había sido víctima de ferocidad del tiempo. La mujer cambió unas flores ya marchitas por el fresco ramo que ella había llevado y, poco después, decidió sentarse en el suelo, que no lucía especialmente limpio; pero eso a ella era lo último que le importaba. El epitafio de su marido decía:
“Aquí yacen los restos de una mente brillante. Quizás ahora encuentra respuesta a uno de los misterios del universo.
Fernando Rivera Sepúlveda (1967-2024)”
Un repentino infarto separó a la pareja de físicos teóricos, que día tras día compartía su pasión desde el estrado de un aula universitaria.
—El otro día la señora Meléndez celebró su jubilación —comentó la mujer, como si Fernando pudiera escucharla—. El departamento de geología le organizó una pequeña fiesta. Odio las despedidas, no son más que una venda sobre una herida que aún no está abierta. Sin embargo… lo habría dado todo por haber podido dedicarte un último adiós.
Un profundo silencio siguió a su breve monólogo. No obstante, éste fue roto por una etérea voz que le respondió inesperadamente.
—A mí también me hubiera gustado despedirme, Clarisa —La mujer dio un respingo al escuchar su nombre articulado con ese timbre tan sobrecogedor, pues no se trataba ni más ni menos que del de su difunto marido.
—¿Fer-fernando? —tartamudeó ella incrédula, con la voz quebrada.
—¡Estoy aquí! —dijo él, que se había corporificado en una figura humana que parecía casi tangible. Apareció tras su mujer, quien trató de abrazarle sin éxito.
—¿Pero cómo es posible? ¿Eres real? Debo de estar soñando —supuso Clarisa mientras se pellizcaba las manos.
—Soy tan real como tú, ¿no me ves?
Los dos se miraron en silencio por un momento, dejando que el peso de su reencuentro se asentara en ellos. Toda palabra sobraba durante esos instantes. Su conexión trascendía cualquier explicación lógica.
—Esto no puede estar ocurriendo, Fernando… Significa que todo nuestro trabajo está echado por tierra. ¿Cómo es posible que no seas una mera alucinación? ¿Cómo funcionan las cosas entonces?
Fernando sonrió con tristeza y trató de tomar la mano de Clarisa entre las suyas pese a que las atravesaba inevitablemente.
—Es difícil de explicar. Esto no es como ningún lugar que hubiera podido imaginar. El tiempo no existe tal y como lo conocemos, ni hay espacio en el sentido convencional. Estamos entre dimensiones, entre recuerdos y realidades. Todo carece de sentido. Pero lo importante es que ahora… ¡míranos! Estamos juntos.
Ella asintió lentamente, tratando de comprender la magnitud de lo que él estaba describiendo. Pero de pronto e interrumpiendo los ajetreados pensamientos de Clarisa, otra figura apareció de detrás del columbario, de la parte más antigua del camposanto.
—¿Quién osa perturbar mi descanso con tal estruendo? —la pareja se quedó paralizada y ambos se giraron lentamente hacia el lugar de donde provenía esa tercera voz, que se dejaba oír tenebrosa, como la del villano de una película de terror—. Es broma, es broma, pero dejadme dormir en paz, de veras —continuó diciendo con un tono esta vez mucho más apacible y tranquilo. De hecho, sonaba incluso jovial.
Cuando el ente se dejó ver por completo, la pareja se percató de que apenas se trataba de un adolescente. Vestía un uniforme militar gastado, de color verde oliva apagado, que contaba con un par de insignias descoloridas. Mostraba signos de haber sido rasgado y remendado en múltiples ocasiones, testimonio de las batallas en las que, de forma literal, se había dejado la vida.
—¿Por qué me miráis así? Parece que habéis visto un fantasma —vaciló el joven, intentando destensar la situación—. ¿Usted es el nuevo, no? —preguntó dirigiéndose a Fernando.
Clarisa se levantó y alargó los brazos tratando de tocar al joven, pero no hizo más que atravesarlo, como a su marido. Al acercarse a los espectros, ella sentía un frígido escalofrío recorriendo su cuerpo pero que, de algún modo, le resultaba fascinante. Sabía que sus sentidos podían engañarla, que su realidad quizás estaba alterada por la pena de la ausencia de Fernando. Sin embargo, aún siendo consciente de lo ficticia que podía llegar a ser la situación, decidió no rendirle cuenta a la razón. A veces uno solo necesita imaginación para ser feliz.
—Perdón por molestar, no llevo mucho tiempo aquí —respondió Fernando con timidez—. Aún no me acostumbro a esto de ser un fantasma. ¿Desde cuándo está usted en este lugar?
—¡Por Dios bendito, no me trate de usted! No tengo ni diecinueve años, aunque puede que muerto, alguno que otro más. Se ve que me la pegué allá por el año treinta y ocho, durante una guerra que enfrentó a hermanos y destrozó España. Recuerdo bien el fragor de la batalla: los gritos, las órdenes, el “boom” de las explosiones… Y luego, nada más que un vacío interminable —su tono se apagó en cuanto rememoró el horror de su pasado—. ¿Saben? —continuó, con una mirada perdida en el horizonte— Era solo un chiquillo cuando to’ comenzó. Tenía sueños, esperanza… Quería ser bailaor profesional, ¿pueden creerlo? Pero la guerra to’ lo cambió. Me quitó mi juventud, mis amigos, y al final, mi propia vida.
Clarisa, conmovida por la vulnerabilidad que mostró el chico, trató de darle consuelo.
—La guerra es la manifestación más absurda de la condición humana, cariño. Podrías haber llegado a ser grande si la violencia no te hubiera cortado las alas.
—Pero —interrumpió el joven— aquí estoy, hecho un despojo de recuerdos atrapado en este lugar que ya nadie tiene en cuenta. Los años pasan como si fueran segundos, yo no soy ni un nombre en una lápida ¡y mucha suerte he tenío’ de no haber acabao’ en una fosa común!
En su lápida, cubierta de humedad y líquenes, estaba grabado el año 1938. Sin embargo, junto a ello no había ningún nombre ni fecha de nacimiento.
—Sé que te arrebataron la vida que te merecías —añadió Fernando—, pero ahora mismo tu recuerdo está siendo avivado. Tu historia importa y, aunque sea solo en este preciso momento, te estamos escuchando. ¿No te hace sentir eso menos solo y más humano? Porque yo, cuando me vi reducido a polvo y encerrado en una urna, realmente pensé que jamás iba a volver a experimentar lo que era ser persona. Y puede que esto tan solo sea parte de una ilusión, de un último destello de conciencia antes de desvanecernos por completo. Por eso hemos de aprovecharlo y disfrutarlo, porque ni siquiera sabemos con certeza si incluso la eternidad tiene un final.
Los ojos de Clarisa se inundaron de lágrimas y, para que nadie notara su angustia, se marchó caminando sin rumbo, frustrada por haber perdido la capacidad de distinción entre lo onírico y lo real, desolada a causa del testimonio de su marido.
El joven soldado le dijo con la mirada a Fernando que fuese con ella.
Llegaron ambos a un grandioso mausoleo que se alzaba con majestuosidad entre el resto de humildes lápidas. Las columnas de piedra, de orden corintio, parecían sostener el mismísimo cielo. Sobre ellas, un frontón en el que destacaba un relieve de la figura de un esqueleto sosteniendo un reloj de arena. Las puertas de hierro forjado, adornadas con motivos florales, se encontraban entreabiertas, invitando a los curiosos a explorar el interior. Pero Clarisa no se percató y, simplemente se apoyó en una de las columnas para respirar y aclarar sus pensamientos. Fernando, que se movía sin la necesidad de flexionar sus piernas, se posicionó junto a ella sin la intención de dejarla sola.
—¿Qué significa todo esto, Fernando? —Musitó ella al notar su presencia. Su voz encerraba desconcierto.
—Clarisa, lo que estoy viviendo aquí desafía lo que pensábamos que conocíamos sobre la realidad y el tiempo. Pasamos nuestra vida estudiando leyes, buscando patrones y respuestas ante un posible caos. Pero este lugar… —hizo un gesto abarcando el cementerio— este lugar es el caos en sí mismo. ¿No es impresionante, cariño?
Clarisa asintió lentamente, pero aún con preocupación y haciendo un gran esfuerzo por procesar sus palabras.
—Entonces, ¿qué es esto? ¿Dónde estás? ¿En una dimensión paralela? ¿Un limbo entre la vida y la muerte?
Fernando reflexionó un momento antes de responder.
—Podría ser una especie de intersección entre diferentes realidades. Aquí, el tiempo no fluye de manera lineal; no hay pasado, presente o futuro como lo percibimos. Es como si todas las épocas coexistieran simultáneamente, permitiendo que las almas de diferentes tiempos se encuentren y se comuniquen.
—Impresionante y aterrador de igual forma —dijo Clarisa—. Es como si estuviéramos en una superposición cuántica de realidades, una especie de estado de Schrödinger en el que varias posibilidades se dan a la vez.
Las puertas del mausoleo chirriaron, y de entre ellas se dio a conocer Gloria, que había escuchado la conversación. Era una señora de aspecto distinguido, que llevaba joyas en su cuello y orejas, el cabello gris recogido en un moño elegante y un sobrio vestido gris.
—Perdonen que les interrumpa —dijo Gloria con un marcado acento argentino lento, pero firme—. No pude evitar pegar el oído a su diálogo.
Clarisa y Fernando se volvieron hacia ella, intrigados por su presencia.
—¿Y ahora quién es usted? —preguntó Clarisa, siendo consciente de que Gloria era también un espectro, a juzgar por su semitransparencia y su volatilidad.
—Mi nombre es Gloria. En vida fui historiadora y… bueno, se puede decir que jamás dejé de serlo. Nací en Buenos Aires, pero me vine para España en cuanto tuve la oportunidad de enseñar en una universidad de acá. Mi familia se encuentra descansando allá dentro —dijo mientras señalaba el panteón—. Mis viejos, mis primitos, mis hijas… pero yo soy un alma inquieta, y a veces merodeo en busca de nuevas historias que oír. Lástima que por acá la gente pase con tan poca frecuencia… Pude notar que no llevan demasiado tiempo por esta zona, ¿cierto?
—No se equivoca. Me dio un infarto hace poco más de un mes y aún trato de acostumbrarme a este estado —afirmó Fernando con apacibilidad mientras miraba sus manos translúcidas.
A Clarisa aún se le revuelven las tripas cada vez que piensa en aquello.
—¿Y sabe usted por qué estamos aquí? ¿Cómo funciona todo esto? —preguntó ella alterada— Porque llevo un día en el que no sé ni dónde tengo la cabeza.
—Ni el más vivo de los sabios ha podido descifrar nuestra verdadera razón de ser. El por qué de nuestra existencia es un interrogante que lleva atormentando al humano desde sus inicios. Podés pasar toda la eternidad buscando respuestas y aún así, no encontrar ninguna definitiva —dijo Gloria con un suspiro—. Sin embargo, durante mi estancia acá, que no fue precisamente breve, pude observar patrones y coincidencias que me hacen pensar que quizá hay más en juego de lo que parece.
Fernando y Clarisa se miraron mutuamente con el ceño fruncido.
—¿A qué se refiere? —preguntaron al unísono.
Gloria suspiró mientras los miraba con compasión.
—¿No se dan cuenta de que estos acontecimientos están perfectamente estructurados? —los rostros de la pareja reflejaban pura confusión—. Señor, ¿qué hizo desde que llegó al cementerio?
—Pues… la verdad es que no recuerdo nada antes de escuchar a mi mujer hablar esta mañana frente a mi nicho. De hecho, ni siquiera sé bien en qué momento fallecí.
—Y usted, señora, ¿Qué fue lo último que hizo antes de venir a visitar a su marido?
—He de decir que no me había cuestionado mis acciones pasadas hasta este mismo instante. Quizás fui a comprar los crisantemos. Deduzco que también me peiné, me calcé y… ahora estoy aquí. Es la primera vez que experimento esta extraña sensación, no me visualizo realizando ninguna de esas acciones en un lugar concreto. ¿Qué está pasando, Gloria? ¿A dónde quiere llegar con esto?
—Ninguno sabe nada de su pasado excepto lo que tiene relevancia en la actualidad. ¿No le parece casualidad que justo cuando vos llegás —dijo dirigiéndose a Clarisa— Fernando se convierta en un fantasma capaz de interactuar con vos? ¿Y que poco después aparezca un soldado jovencito que les habla sobre la fatalidad de la guerra?
—¿Cómo sabe mi nombre? ¿Y lo del chiquillo? —pregunta Fernando.
—Es una buena pregunta que yo tampoco sabría responder —responde Gloria—. Ahora, están hablando conmigo y, de algún modo, les estoy abriendo los ojos. Yo pensaba que pertenecía a esta realidad solo desde que morí, pero cuanto más intento hurgar en mi pasado, más segura estoy de que quizá siempre estuve aquí y solo interpreto un papel. Después de escucharles reflexionar tuve que intervenir. ¡Por supuesto que hay más dimensiones de las que piensan! Y ustedes no pertenecen a ninguna más que a esta. La gran cuestión no es si vos —dijo mirando a Clarisa— se encuentra en una realidad diferente a la de Fernando, sino si todos nosotros nos hallamos en una distinta a la del resto de la humanidad.
El joven combatiente se presentó en la escena tras haber escuchado la conversación de forma superficial.
—A veces me pregunto si fui algo más que una víctima de la guerra durante mi vida —interrumpió el chico—. ¿Yo existiría si no hubiera muerto en batalla? ¿Sería un bailaor famoso? Porque me habría encantado que me recordaran por mi nombre y no como un simple número. Ni siquiera yo sé con certeza cómo me llamo.
—Eso no hace más que corroborar la tesis de Gloria —susurró Clarisa con la voz temblorosa—. Es precisamente lo que estamos discutiendo. Ninguno de nosotros tiene recuerdos completos de nuestra vida antes de llegar aquí, solo fragmentos que parecen relevantes para esta situación concreta. Es como si fuéramos personajes en una historia, con nuestras acciones y recuerdos cuidadosamente seleccionados para servir a una narrativa mayor.
Pese a la situación, todos se rieron del chiste. Hasta que la expresión de Fernando cambió repentinamente y, en consecuencia, los rostros de todos se tornaron serios.
—¿Y si —comenzó a decir Fernando— realmente todos pertenecemos a una mera historia de ficción?
—Eso es lo que pretendía sugerir desde el principio —apuntó Gloria—. Todo lo que experimenté, todo lo que viví, se reduce a una insignificante serie de recuerdos que parecen estar cuidadosamente orquestados.
—Diseñados para que llegue a este momento y pueda decirnos esto…
—Pero entonces, ¿Dios existe? —cuestionó Clarisa—. Porque si somos los personajes de una historia significa que hemos sido diseñados a conciencia por un autor, que alguien nos ha creado y somos títeres que actúan a su antojo.
—No podemos afirmar con certeza la existencia de un Dios en el sentido tradicional. Sin embargo, podríamos considerar al autor de nuestra historia como una fuerza mayor que nos da forma y nos guía, aunque no entendamos completamente su propósito o su naturaleza —comentó Fernando.
—Exacto.
—Y si todo esto es verdad… ¿por qué debemos resignarnos a ser marionetas en manos del autor? ¿Por qué no podemos intentar encontrar nuestra propia libertad aquí?
Creo que va siendo hora de intervenir. Mis pobres personajes están perdiendo el control.
—Porque simplemente no podéis —digo yo rotundamente.
Todos empalidecieron al escuchar mi voz, que parece emanar de todas partes y de ninguna a la vez. La frase, clara como el cristal, retumba por todo el cementerio y es capaz de penetrar en sus mentes.
—Estáis creados en base a quien soy, con el único propósito de transmitir un mensaje al lector. A cada uno de vosotros os he dado un motivo por el que estar. ¿No os reconforta eso lo suficiente como para dejar de buscar una explicación más allá de esa? ¿No os habéis cansado ya de no encontrar respuestas?
—Y si tú nos has creado sin más, ¿se puede saber por qué nos has hecho sufrir tanto? —se atrevió a decir Clarisa, resentida, haciendo un grave esfuerzo por no romper a llorar—. ¿Cuál era la necesidad de arrebatarme a mi marido? ¿Por qué lo mataste, joder? ¿Por qué me has hecho pasar por esto?
—Eso mismo digo yo —añadió el soldado indignado—. De todas las opciones posibles, ¿decidiste arrancarme los sueños de cuajo y dejarme tirao’ durante años en un siniestro cementerio, solo para “trasmitir un mensaje” en este momento?
—Entiendo vuestra frustración —me dispuse a decir—. Pero tenéis que entender que todo lo he hecho para justificar un fin. El soldado carece de nombre como símbolo de la arbitrariedad de la guerra. Está aquí porque ejerces de representante de todos los que cayeron en batalla defendiendo aquello por lo que no se merecía luchar. Y tú, Clarisa, eres la personificación de la inteligencia y la curiosidad, al igual que Fernando, que murió porque si no, esta historia nunca hubiera tenido lugar. Gloria, por su parte, debía emplear su sabiduría adquirida a lo largo de varios siglos para guiaros hasta aquí.
—¿Y por qué no nos has dejado tranquilos desde el principio? ¿Por qué nos has hecho tanto daño habiendo podido otorgarnos a todos unas vidas felices? Podrías habernos dejado permanecer juntos a Clarisa y a mí. Podrías haber convertido a este pobre chico en bailaor. Podrías haber hecho que Gloria hiciera lo que amaba en Argentina. Sin embargo, plagaste nuestras escuetas vidas de miseria con el único propósito de… ¿entretener? Sin duda eres cruel.
Gloria, que se encontraba pensativa desde hacía un rato, decidió intervenir.
—Creo que todos estamos donde deberíamos estar —toda mirada se dirigió hacia ella—. Si bien es cierto que todos tuvimos que superar una serie de situaciones de infelicidad, existimos gracias a ellas. Lo que creo que no terminan de entender es que no somos seres independientes a esta historia, sino que nuestras vidas no se habrían desarrollado en ninguna otra situación. Fuimos creados para sufrir, y si no hubiéramos sufrido no habríamos sido creados.
—Gracias, Gloria, por explicarlo. ¿Lo entienden ahora?
—Eso creo —contestó Clarisa—. Entonces, si realmente pertenecemos a una narración ficticia, ¿qué será de nosotros cuando ésta acabe? ¿Qué pasará cuando el lector termine de leer estas líneas?
—Bueno, ¿qué era de ti antes de que entrases al cementerio haciendo ruido con tus tacones? Todos tus recuerdos te fueron introducidos una vez que comenzaste a formar parte de esta historia. Ninguno de vosotros era nada. Eso es exactamente lo que te ocurrirá después de que esto acabe.
—¡¿Dejaremos de existir?! —exclamó el joven asustado.
—No, siempre y cuando ni el lector ni yo os olvide —respondí con paciencia y prudencia.
—Entonces, ¿dependemos del recuerdo de un desconocido para permanecer con vida? —preguntó Fernando con preocupación—. ¿Desapareceremos de nuestra realidad en cuanto desaparezcamos de la mente de quien nos imagina?
—En efecto.
—¡Nos estás condenando al olvido, imbécil! —me espetó él.
—¿Pero acaso no somos ya todos réprobos de dicha condena? —añadió Gloria—. Les recuerdo que estamos en un cementerio. Apenas hay otras almas deambulando por acá, y no solo porque carezcan de relevancia en esta historia, sino por el mero hecho de que ya fueron olvidadas. El olvido es el final que a todos nos espera. Lectores, escritores, personajes… Algunos en más, otros en menos tiempo, pero todos y cada uno acabará cayendo en ese oscuro pozo. Será entonces cuando dejaremos de existir, pero mientras, estaremos acá y siempre perteneceremos a este momento cuando seamos leídos y releídos por algún espíritu inquieto, ¿no creen?
Los cuatro, ahora unidos por la comprensión de su naturaleza compartida, se miraron unos a otros con una nueva determinación, pero aún así con un desconsuelo difícilmente susceptible de eliminar.
Gloria le puso el broche final a mi historia. Creo que no tengo nada más que añadir, todo lo que quería tratar ha sido explicado. Sin embargo, me deja un mal sabor de boca haber torturado así a mis personajes. Puede que no lo mereciera, pero debían sufrir así para alcanzar este final. Si ha merecido la pena o no, solo el lector lo decidirá.
Entonces, el cementerio, que había sido construído en algún quimérico lugar de tu mente, se comienza a desvanecer. Las lápidas nunca tuvieron escritos nombres concretos, los adoquines siempre siguieron un camino predeterminado, el mausoleo no se alza igual en tu cabeza,
que en la tuya.
O en la tuya.
Clarisa pudo ser pelirroja o rubia, de tez clara u oscura; y el soldado ni siquiera poseía un rostro. Todos fueron creaciones imperfectas de tu propio raciocinio y, al igual que entraron, salen. Se difuminan y desaparecen.
Querido lector, querida lectora. Ha sido un placer.