Antes solían encarcelar a quienes cometían actos infames contra otros. Hoy, a nadie sorprende aquel que, sin siquiera merecerlo, se encierra en su propia celda y lanza la llave al exterior. 

Ha de ser grave el crimen cometido para sufrir una condena de ocho años en prisión; lugar en el que sin ningún otro remedio, la mente termina hallando la libertad que el cuerpo no puede alcanzar. Sin embargo, últimamente se nos presentan adheridos a nuestras manos unos dispositivos que de algún modo nos roban el mismo tiempo que a un preso, pero sin dejar espacio al intelecto para crecer. 

Tres (3) horas al día. 

Mil noventa y cinco (1095) horas al año; cuarenta y cinco días y medio (45,5). 

Tres mil días (3000) –e incluso más– en toda una vida; más de ocho años (8). 

¿Haciendo qué? ¿Vendiendo nuestro tiempo por la inyección de efímera satisfacción? 

Pero es inmediato. Pero es placentero. Pero es absorbente, pernicioso, atemporal. 

Quien juega con fuego se quema, pero su calidez hipnotiza tanto que a veces mitiga el dolor. 

Dicen que el ser humano es libre por naturaleza, pero libre solo es el que sabe gozar de su –presunta– libertad. Y cuando uno al fin se gira y se percata de que su realidad no era más que la proyección de unas sombras, trepa por las paredes de la caverna y sale al exterior sin saber que realmente no ha hecho más que entrar en una cueva mayor. 

Pero delante del gran reloj que mide la vida hay una pesada cortina, y cuando la corres te encuentras otra detrás, y otra, y otra… Y no te das cuenta del ritmo vertiginoso que llevan sus manecillas hasta que, con arrugas en el semblante y color plata en el cabello, lloras y tus lágrimas caen sobre tu propio sepulcro. 

Eres cautivo de tu propia libertad pero tus cadenas son invisibles. Estás a un click de modificarlo todo.