Nací mujer, o eso dieron mis padres por sentado. Desde aquel preciso instante fui condenada a una cadena perpetua de algún modo camuflada. Aproximadamente el 57% de las mujeres españolas reconoce haber sufrido violencia machista, y un 32%, de género.
Personas con valía, personas con historia que son constantemente agredidas por un motivo tan irracional como lo es su propia identidad. Una demoledora cifra de mujeres es víctima de maltratos por parte de su pareja o expareja. Mujeres transformadas en meros números tras haber vivido lo que muchos denominaríamos “una pesadilla”.
Todo comienza con el amor, o eso nos hacen creer. Una rosa roja cuyo brillo deslumbra a todo aquel que la mire; pero ya es tarde cuando una se da cuenta de que la rosa está marchita. Los celos toman las riendas de la relación, excusándose sin éxito con un pobre “te quiero”. Más tarde, la dependencia emocional clava con fuerza sus garras, sin dejar ningún tipo de escapatoria. Por último, cuando el problema se empieza a ver reflejado en cardenales en la piel, aquella mujer que inocentemente buscó la felicidad en alguien, se percata de que realmente se encuentra en un hoyo del que le va a resultar complicado salir. Sin embargo, difícil no es sinónimo de imposible. Ella podríamos ser todas. Ella podrías ser tú, cegada por la inmensurable oscuridad que supone vivir algo así. Pero tan solo es una venda en los ojos la que te impide verlo, tan solo es una fina línea la que te separa de la libertad. “La puerta violeta” siempre está abierta.
Encontrar el problema no se trata de algo sencillo; pero en cuanto no sientes mariposas en el estómago sino temor al ver a tu pareja, debes saber que algo no está funcionando como debería. No es necesario un grave abuso para identificarse como víctima. No todo lo que engloba la violencia de género es visible a los ojos. Pero en cuanto tu dignidad y tu libertad se ven dañadas, debes actuar. Duele saber que solo el 21% de las asesinadas desde 2003 dieron el paso de poner una denuncia. Ahora lo único que está en nuestra mano es brindarle todo el apoyo posible a esas familias destrozadas. A esas familias con un eterno vacío, con un hueco libre en la mesa de Navidad. No estás sola. La violencia de género constituye una grave violación de los derechos humanos a nivel mundial. Una persona sola no es capaz de erradicarla, pero la incesante lucha contra ella es una tarea que nos incumbe a todos. El esfuerzo y el compromiso han de ser constantes y desde aquí puedo asegurar nuestra colaboración; aunque solo dicho apoyo no es suficiente, ya que es imprescindible el de toda la ciudadanía. Con solidaridad y valentía lucharemos para hacer desaparecer del calendario, por innecesario, este día.