La libertad individual ha de tener límites para poder ser un derecho universal. Estamos de acuerdo en que nuestro libre albedrío concluye cuando interfiere en el de otro. No obstante, si bien hoy en día somos teóricamente libres, en la práctica nos encontramos como sociedad aferrados a un sistema consecuencialista en el que nuestra libertad se ve inhibida incluso cuando ni siquiera nos acercamos a limitar la del prójimo.
Locke es la cara vista del liberalismo, un defensor acérrimo de todo atisbo de libertad. Pero la letra pequeña de su pensamiento nos revela que esa libertad está más limitada de lo que generalmente pensaríamos. Su contrato social, aunque no implica la renuncia de los derechos individuales, propone una entidad mayor que ponga orden sobre la población. Es como si yo poseyera una pecera, metiera allí a un par de animalillos y les diera la posibilidad de, dentro de los cinco vidrios que los aíslan, pudieran hacer lo que les plazca. ¿Es eso libertad? Quizá desde el interior de la pecera corroborarían esa información. Un pez, suponiendo que pudiera razonar, pensaría que allí dentro no se puede estar mejor. El agua es tibia, se les da de comer… y al no poder echar en falta el océano, algo que desconocen, se conforman con su limitada realidad. No sienten la ausencia del mar. Allí, de hecho, no sabrían sobrevivir. La pecera les otorga seguridad. ¿Quién estaría dispuesto a intercambiar la dicha de la invulnerabilidad por la incertidumbre de la libertad? ¿Quién querría exponerse a la verdad cuando la ignorancia garantiza comodidad?
Nosotros, como ciudadanos, nos encontramos en grandes peceras proporcionales a nuestro tamaño. Si bien hay ideologías políticas que se acercan más o menos a los lindes del acuario, la mayoría se mantiene dentro, no se atreven a romperlo; y nosotros, como peces ilusos creyentes de ser poseedores de libertad propia, decidimos permanecer dentro, soportando de vez en cuando algún vestigio de esclavitud. ¿Qué si no podríamos hacer? Al menos si nos hundimos en este sistema podemos culpar a aquello a lo que estamos subyugados. No seríamos capaces de manejar la verdadera libertad sin que acabara siendo contraproducente.
El preso conoce sus limitaciones. El deseo de deshacerse de ellas le otorga sentido a su vida. Sin embargo, cuando éste recupera su libertad, ¿qué más le queda? ¿Tiene acaso idea de cómo volver a emplearla?
Quizá estemos todos condenados a existir bajo el resguardo de una entidad superior. Quizá debamos relegar la libertad al mundo platónico de lo incognoscible. Sean cuales fueren nuestros deseos, tampoco podríamos comprobarlos nunca. Permanecer en la pecera es lo más seguro. ¿Acaso podemos aspirar a más?