Y llegado a determinado momento, dejó de sentir.
La vastedad del cosmos era abrumadora, parecían las estrellas tintinear incluso más lejos que como se observaban desde la Tierra. Su nave estuvo una vez llena de esperanza, de vida, pero durante aquellos momentos posteriores ella ya no podía escuchar más que un silencio abismal que únicamente le recordaba que se hallaba sola, como una testigo más de la eternidad.
El brillo de la Tierra, su lejano hogar, se desvanecía con lentitud en la distancia, asemejándose a una pequeña esfera celeste que poco a poco se tornaba grisácea, cada vez más lejos, cada vez menos brillante.
La pequeña cosmonauta quizás contemplaba con resignación su destino, enfrentándose a la realidad de su abandono en el vacío implacable del espacio exterior. O puede que no fuera consciente de dónde estaba, de qué hacía allí, de por qué era ella y no otro.
Pero los planetas continuaron girando, y las estrellas se mantuvieron radiantes, pues ni susurrando ni gritando podría encontrar ya su redención. ¿Qué será de ella ahora? ¿Cuándo pasó a convertirse en el mismo polvo de estrella del que en un inicio surgió?
Lo único certero es que durante su breve –o eterno– viaje, su única compañía era el propio eco de sus ladridos, pero estos resonaron fuerte sobre las paredes de la historia de la humanidad, porque ya no podemos decirle “lo siento”, pero sí “nunca serás olvidada”.