Hay días en los que los rayos del sol se filtran entre los árboles, dando visibilidad al césped que nunca crece e iluminando por completo el lugar en el que resido. Sin embargo, muchas otras veces la lluvia no se puede seguir reteniendo en las nubes y decide caer. Durante esos días nadie viene, y termino quedándome solo, como siempre estuve en realidad.
Veinticuatro horas suceden a las anteriores y preceden a las siguientes. El tiempo pasa sin que yo tenga noción de ello y la monotonía me abruma. Las personas que diariamente veo parecen envejecer por segundos.
La señora Rojas, por ejemplo, siempre cumple con su rutina. Todas las mañanas viene a hacer deporte y, una vez termina su tabla de ejercicios, se sienta a descansar sobre algún banco a la sombra de una palmera y se conecta a su teléfono hasta pasadas las once.
Otra persona que suele frecuentar el lugar es la joven Evelyn: una muchacha que se pasa las tardes disfrutando de sus libros, siempre con música a un volumen casi imperceptible tumbada en un mantel de picnic sobre la hierba.
Por no hablar del viejo Joe, que si algún día llega a faltar, me veré en la obligación de preocuparme. Cada tarde, sin falta, viene en su silla de ruedas, empujado cada vez por un joven diferente. Al estar hecho todo un cascarrabias, es complicado que aguante más de una semana consecutiva con el mismo cuidador. Él se niega a admitir que realmente los necesita.
Adoro también a todos y cada uno de los animales que veo. Desde los perros que pasean con sus dueños, hasta los gusanos que se arrastran por la tierra. Pero he de decir que a las palomas no las soporto, invierten su tiempo en reposar sobre mí, lo cual me parece cuanto menos, molesto. Pero al fin y al cabo, son las únicas que me ofrecen algo de compañía.
En los días de invierno, ya a vísperas de Navidad, la familia Quintana solía venir a patinar sobre el lago congelado, pero desde que el pequeño se rompió un tobillo en un desastroso resbalón, jamás se les volvió a ver por la zona.
A lo largo de mi estancia aquí, —cuyo inicio ya ni siquiera recuerdo— me he percatado de la complejidad del ser humano. De las diferentes cualidades en las que cada uno puede destacar. De los sentimientos que son capaces de mostrar y de lo cuidadosos que pueden ser cuando tratan de esconderlos. Sin embargo, una cosa que todos ellos tienen en común es, que nunca me tienen en cuenta. Son observados y no mantienen consciencia de ello, lo que me permite indagar sobre sus vidas, lo suficientemente interesantes como para entretener a la mía.
Aun contando con tal ventaja, los inconvenientes tienen un peso mayor cuando se trata de mi caso. Todo sería diferente si fuese como ellos. Si no fuera de piedra.
Si tan solo tuviera la oportunidad de caminar… Ese sería mi gran y único deseo: dejar de existir como un ser estático, aunque fuese apenas durante unos segundos. Pero lamentablemente, no soy más que una estatua. Viva para mí, inanimada para el resto.
Memorias de una Estatua Solitaria