Una noche –o quizás un día– más, Hospes se dirigió a su lugar de trabajo. Llevaba, como siempre, la austera indumentaria de un jardinero; y transportaba en mano una regadera y unas tijeras de podar. Caminaba con pesadumbre, pisando con sus botas la hierba descuidada –a su pesar–, e iba atravesando según avanzaba, esa neblina casi opaca que le daba un aspecto tan lúgubre al lugar. Hospes tenía un importante cometido allí, pues sin su destreza, el jardín bajo su cuidado no sería más que un inhóspito páramo repleto de almas errantes vagando sin rumbo. Él, si bien se ocupaba del cuidado del jardín, era también el encargado del hospedaje de todo espíritu viajero que llegase a parar allí. Ese sitio tan particular era el limbo entre la vida y la muerte, entre lo onírico y lo real.
Cuando una persona abandonaba su vida terrenal y dejaba su cuerpo atrás, solía tratar de llegar a lo que ellos conocían como “cielo”, ese utópico lugar en el que reinaba el sonido sosegado de la paz; pero por desgracia, nunca nadie sabía bien qué dirección tomar para alcanzarlo; por lo que aquellos insomnes que, perdidos, llegaban al jardín custodiado por Hospes, se conformaban con el eterno descanso entre setos y crisantemos. Lo que ellos no sabían era que descansar allí conllevaba un riesgo latente…
Mientras que los fallecidos llegaban al jardín tras tomar cierto camino, había quienes visitaban el paraje siendo víctimas del sueño, un descanso exento de eternidad. Noche tras noche, tras caer sobre los brazos de Morfeo, ellos pasean serenos junto a las sepulturas floridas, mientras el olor de las azucenas y los jazmines se encargan de recordarles que a ellos aún no les toca reposar allí. Como si de un museo se tratara, los dormidos que llegaban allí, observaban todo en cuanto podían a su alrededor, y después de un inquietante paseo a través del sombrío –pero a la vez acogedor– jardín, sus conciencias volvían a sus lechos, y el día que les seguía borraba con su banalidad el recuerdo de aquel singular sueño. Al final, no era éste más extraño que los demás. Pero ahí radica el problema. Sus mentes desechan el recuerdo de lo que denominan “un simple sueño”, lejano a su actual realidad; y con ello causan la paulatina desintegración de lo que alguna vez fue aquel jardín. ¿Sería la memoria la única medida de la existencia?
En cuanto desaparezca la imagen de entre sus recuerdos, el hogar de todas esas almas perdidas dejará de existir, por lo que todas ellas caerán al pozo sin fondo del cruel olvido. ¡Qué ilusos aquellos viajeros que aún no saben que la realidad tan solo es un espejismo sobre el vasto océano de la conciencia!
Hospes temía por su jardín, por lo que trataba siempre de atraer allí a los durmientes. Sin embargo, era consciente de que en algún momento todo se desvanecería, y quizás entonces se revelaría la verdadera esencia de su ser. Su papel como guardián del jardín y de los difuntos

era temporal, así que ¿qué significado tenía su labor si el destino de su hogar fue siempre la extinción?
Poco a poco, el número de viajeros fue menguando, pero cada vez más espíritus hallaban descanso en ese cementerio disfrazado de jardín. El tiempo parecía transcurrir, pero realmente tan solo se retorcía y curvaba fugazmente sobre sí mismo, mientras Hospes se convertía en el último testigo de sus flores.
Un día –o quizás una noche– más, Hospes caminaba con pesadumbre sobre su ya degradado jardín, en busca de otro efímero rincón de eternidad del que poder cuidar. Puede que en la penumbra del olvido encontrase una respuesta para todas sus dudas, o tal vez, sólo se dé cuenta de que esas respuestas son casi tan irreales como todo aquello que custodiaba.