Y ya bien entrada la noche, cuando el único ruido que me desvelaba era el de mis pensamientos enmarañados, creí caer por el hueco que separaba mi colchón de la pared. No, me tiré de cabeza a través de la cabecera. Al principio noté como una pequeña patada me era dada en la zona del pecho —quizá algo a la izquierda, donde el corazón—,que me advertía acerca de si sabría luego salir de allí. “Qué más dará”, pensé. Mi cuerpo se ondeaba en aquel vacío como el de las sirenas que imaginaba de niña. Ellas habitaban el océano, yo me adentraba en una oscuridad. Una oscuridad pintada con puntillismo, con tinta derramada por todas partes. Cuanto más bajaba, a más presión sometía a mis oídos. Unas manos ajenas recién lamidas me repeinaban. No les pregunté a dónde llegaría por ese camino porque sabía que no me iban a responder. Y cuando hablaba, yo no me escuchaba. Había ojos que me resultaban familiares. Antes de atravesarlos, se cerraban y me olvidaban. No llegaban a tocarme. No llegamos a tocarnos. Fantasmas cuya vivacidad cuestionaba me besaban las mejillas mientras seguía avanzando hacia al fondo. ¿Qué fondo? Me preguntaba ella. ¿Quién es ella? Me preguntaba yo. Volví la cabeza hacia atrás y la vista del techo de mi cuarto asomaba tras el agujero por el que me había lanzado. Estaba cubierto de estrellas que amenazaban con morderme si regresaba. Me giré y seguí bajando. Creo que quizá esperaba una red que me atrapara. Un gas lacrimógeno. La picadura de cualquier ser sedoso o sediento que me sedara y me regalara con su mordisco algo de somnolencia —de cortesía—. Mis finales se desdibujaron en cuanto quise darme cuenta de que existían. Mis dedos se hicieron aire a fuerza de tanta música. No sé cuántas melodías entrecruzadas y repetitivas revocaban el efecto del silencio y despertaban aquello que me componía. Seguí cayendo. Cuando quise darme cuenta, me hallaba lapidada en el interior de un sobre. Sobre mí, el vacío que dejé atrás. Debajo, el que aún me quedaba por inhalar. Luego se cerró y juré oír cómo lamían un sello de monstruoso tamaño que llevaba bordado la breve historia de mi vida. Me enviaron y quizá, olvidaron. El sobre no se abrió. Creo que descansa cautelosamente entre el colchón y la pared de algún poeta un poco triste.